Mañana a la mañana parto rumbo a Venezuela, a la ciudad de Barquisimeto, nuevamente por trabajo. Hace como 2 días que no viajo en avión...!
Caperucita y el Lobo:
- Lobo, ¡qué orejas más coloradas tienes!
- Si...
- Lobo, ¡qué cara más roja tienes!
- Si...
- Lobo, ¡qué hinchadas tienes las venas del cuello!
- Si...
- Lobo, ¡qué abiertos tienes los ojos!
- ¡¡¡Síííí!!!!...
- Lobo, ¡qué apretados tienes los dientes!
- Caperucita. ¿¿¿podrías dejarme cagar en paz????
Alguien me pidió que recomendara libros de ciencia para la "gilada", parafraseando algo que escribí en una de las entradas del blog.
La primera vez que leí esto que estoy publicando abajo reí tanto que me dolía el cuerpo y no podía continuar leyendo. Me gustan los animales y no me gusta que sean maltratados pero cualquier cosa que tenga que ver con comportamientos "histéricos" de un gato (felinos del reino animal, no me refiero a otros) me produce una carcajada inmediatamente. Por eso me divierto tanto cuando aparece la "loca de los gatos" en Los Simpsons, o se escucha el grito de un gato que acaba de ser pisado, etc., etc.
Lo de abajo no es invento mío, parece que podría ser de un tal Antonio Burgos. No he leído el libro, pero si es como lo que sigue debe ser genial...
1. Tome el gato y acúnelo con su brazo izquierdo como si estuviera sosteniendo a un bebé. Coloque los dedos índice y pulgar de su mano izquierda para aplicar una suave presión sobre las mejillas del minino, mientras sostiene la píldora con la derecha. Cuando el gato abra la boca, arroje la píldora dentro. Permítale cerrar la boca a los efectos de que el gato la trague.
2. Tome la píldora del suelo y saque al gato de detrás del sofá. Acune al gato en su brazo izquierdo y repita el proceso.
3. Traiga al gato desde el escritorio y tire la píldora baboseada a la basura.
4. Saque una nueva pastilla de la caja, acune al gato en su brazo izquierdo, manteniendo las patas traseras firmemente sujetas con su mano izquierda. Fuerce la apertura de la mandíbula y empuje la pastilla dentro de la boca del animal con su dedo medio. Mantenga la boca del gato cerrada y cuente hasta 10.
5. Saque la píldora de la pecera, y al gato de encima del armario. Llame a su esposa, que está en el jardín, para que le ayude.
6. Arrodíllese en el suelo con el gato firmemente sujeto entre sus rodillas. Mantenga sus patas traseras y delanteras quietas. Ignore los gruñidos que el gato emite. Pídale a su esposa que sostenga la cabeza del gato con una mano, mientras le abre la boca con una regla de madera. Eche la pastilla dentro y frote vigorosamente la garganta del gato.
7. Traiga al gato de la lámpara de la cocina. Tome otra píldora de la caja. Recuerde comprar una nueva regla y encargar unas cortinas nuevas. Barra cuidadosamente los trozos de figuras de porcelana y póngalos aparte para pegarlos luego.
8. Envuelva al gato en una toalla grande y pídale a su esposa que lo mantenga estirado, sólo con la cabeza visible. Ponga la pastilla en una pajita de refresco. Abra la boca del gato con un lápiz. Ponga un extremo de la pajita en la boca del gato y el otro en la suya propia. Sople.
9. Lea el prospecto de la caja para asegurarse que la pastilla que se acaba de tragar no es dañina para seres humanos. Beba un vaso de agua para recuperar el sentido del gusto. Aplique apósitos en los brazos de su esposa y limpie la sangre de la alfombra con agua fría y jabón.
10. Traiga al gato del tejado del vecino. Tome otra píldora. Ponga al gato en el armario y cierre la puerta sobre su cuello, dejando sólo la cabeza fuera del mismo. Fuerce la apertura de la boca con una cuchara de postre. Arroje la pastilla dentro de la boca del gato con una goma elástica.
11. Vaya al garaje a buscar un destornillador para volver a colocar la puerta del armario en sus bisagras. Aplíquese compresas frías en sus mejillas y verifique cuándo fue su última dosis de antitetánica.
12. Llame a los bomberos para bajar al gato del árbol que hay en la calle de enfrente. Discúlpese con su vecino, que se acaba de estrellar tratando de escapar de su gato furioso.
13. Tome la última píldora de la caja. Ate las patas delanteras del gato junto con las traseras con una cuerda. Atelo firmemente a la pata de la mesa de la cocina. Busque guantes de trabajo pesado. Mantenga la boca del gato abierta con una pequeña palanca. Póngale la pastilla en la boca seguida de un trozo de carne. Mantenga la cabeza vertical y vierta medio litro de agua a través de la garganta del gato, para que trague la píldora.
14. Haga que su esposa lo lleve a urgencias. Siéntese tranquilo mientras el doctor le venda los dedos y la frente y le saca la píldora del ojo. En el camino de vuelta a casa, deténgase un momento en la tienda de muebles para comprar una nueva mesa.
15. Por último, arregle con una inmobiliaria la compra de una nueva casa, y llame al veterinario, para averiguar si tiene algún hámster para vender.
Esto me ocurrió en Lausanne, Suiza, en octubre de 1995. Y muestra hasta qué punto se puede confiar en una sociedad organizada.
Con Miguel, mi amigo y compañero de viaje, recorrimos varias ciudades de Europa en tren, pero había un destino al que se complicaba llegar y si mal no recuerdo no había tren hasta el pueblo mismo, por lo que tarde o temprano íbamos a tener que tomar otro transporte.
Decidimos desde antes de iniciar el viaje que alquilaríamos un auto en Lausanne, iríamos hasta Grächen, volveríamos a Lausanne a devolver el auto y desde allí seguiríamos en tren hacia Roma.
En ese entonces yo no sabía conducir autos así que él sería el piloto. Llegamos a Lausanne en tren y mientras Miguel se fue caminando a retirar el auto, yo me quedé en la estación cuidando las valijas de ambos. Cuando comencé a aburrirme de la espera y ya que no podía moverme grandes distancias desde el banco donde estaba con todo el equipaje, tomé unos folletos de la pared y los leí. Todos los folletos eran en realidad las tablas de horarios de los trenes de Suiza y creo que también de todo Europa. Primero fue una "ojeada" superficial, pero como Miguel se demoraba (ahora no recuerdo por qué tardaba tanto, pero estimo que era por su "santafénglish", es decir, una mezcla de santafesino mal hablado con inglés mal aprendido), repito, como se demoraba, yo comencé a leer con mayor atención y me propuse encontrar el tren que tomaríamos dos o tres días después cuando regresáramos a Lausanne a devolver el auto y continuáramos rumbo a Italia.
Los folletos habían sido impresos varios meses antes y contenían varias tablas de horarios incluyendo los que cambiaban al cambiar las estaciones del año. Creo que estaba el año completo porque tuve que buscar en qué fecha íbamos a viajar. La cuestión es que además de los horarios de llegada y salida de cada tren, había una columna adicional que era el andén y como eso me llamó la atención recuerdo que me dije: "Voy a recordarlo a ver si cuando lo tengamos que tomar respetan el número de andén."
Al rato aparece Miguel con un Opel Corsa hermoso, que si no me equivoco aún no existía en Argentina. Cargamos las valijas y salimos rumbo a Grächen. Yo era el copiloto pero casi no tenía idea de cómo llegar ya que teníamos un mapa sin mucho detalle en el que no figuraba este pueblo. Sabíamos que quedaba muy cerca de otro -que ahora no recuerdo el nombre- y que debíamos llegar hasta allí y luego tomar otro camino.
Cuando Miguel comenzó a manejar lo único que sabíamos era que para la izquierda íbamos a Portugal y que para la derecha podíamos llegar a China, así más o menos eran nuestros conocimientos del camino. Para sorpresa nuestra, al llegar a la esquina que quedaba para el lado de China, comenzamos a ver carteles indicando cómo hacer para llegar a las principales ciudades de Suiza, es decir, en qué esquina doblar, qué avenida tomar, etc. Cuando avanzamos un poco más y salimos del "centro" de la ciudad las indicaciones ya estaban también marcadas en el piso. ¡Es de no creer!
A los pocos minutos ya estábamos confiados de que llegaríamos a cualquier lugar que quisiéramos. Y así fue, llegamos sin ninguna clase de problemas hasta Grächen, que además está como a 1600 metros de altura.
Pero al llegar comenzaron los problemas. Como nuestra estadía allí iba a ser de dos días y no había necesidad ni posibilidad de usar auto, Miguel lo dejó estacionado en una cochera. ¡Y con las luces encendidas!
El día de la partida yo me quedé en hotel haciendo el check-out y él se fue a buscar el auto. Si hubiera tenido lana y agujas me podría haber tejido un pullover, 12 medias, un cubrecamas y una "mañanita". Como no tenía eso, me comí las uñas hasta la altura de los codos. No sólo no sabía lo que le pasaba que no venía (yo no había ido a la cochera así que no sabía dónde estaba) sino que con semejante demora no íbamos a llegar a tomar el tren en Lausanne ni aunque saliéramos de Grächen con parapente!
El viaje de regreso a Lausanne fue un tormenta de ideas para decidir cómo lograríamos tomar el tren: si dejar el auto arriba de las vías delante del tren, si yo me bajaba con el auto en marcha para que él pudiera devolverlo mientras yo armaba un escándalo en la estación para que el tren nos esperara, etc. etc.
Finalmente hicimos lo que todo suizo haría: devolver al auto en la agencia, ir a la estación corriendo, correr el tren y tratar de subir. No recuerdo la hora de partida del tren, pero si era por ejemplo 17:18, nosotros llegamos a la puerta de la estación a las 17:15. Para simplificar las cosas, la estación tenía muchas vías y andenes pero todas paralelas a la estación a los que se accedía por un túnel con escaleras diferentes para cada vía. Bajamos las escaleras haciendo surfing sobre las valijas, y ya que no habíamos tenido tiempo de mirar ningún tablero con horarios ni preguntar a nadie cuál era el tren, yo grité: ¡Miguel, subamos por la escalera 5 que el tren sale del andén 5! (ya eran las 17:17 horas). Miguel pretendía preguntar algo a cualquiera que pasaba pero parecía un joven desdichado poseído por el demonio y hablando lenguas muertas. Apenas sabía español, todo lo demás era indescifrable...
Ya no había tiempo así que repetí el grito al tiempo que subía por esa escalera y veía un tren estacionado. Cuando llegamos dije: "Nos subimos a este". Cuando terminé de decirlo y de subir al último escalón, el tren arrancó.
Cuando pudimos tomar aire y preguntar a dónde iba el tren nos dijeron: "A Roma".
¡Claro! ¡A qué otro lugar iba a ir si a esa hora y en ese andén salían los trenes a Roma!
Quiero recalcar el funcionamiento del sistema: un folleto con los horarios y recorridos de todos los trenes de Suiza, impreso con varios meses de anticipación, tenía asignado el número de andén del cual cada tren iba a partir. Gracias a que tuve la oportunidad de leerlo unos días antes, pudimos tomar el tren correcto y seguir nuestro viaje por Europa tal como estaba planeado.
¡ICH LIEBE SWITZERLAND!
Miguel: no te enojes, tuve que exagerar un poquito tus inhabilidades con el idioma así el relato quedaba más pintoresco...
11 de enero de 1787: William Hershel descubre Titania y Oberon, dos lunas de Urano.
(París, 1906 - Buenos Aires, 1987) Científico argentino. Nacido en París, se trasladó en su infancia a la Argentina, donde recibió su formación científica. En 1932 obtuvo la licenciatura en medicina en la Universidad de Buenos Aires, y luego se trasladó al Reino Unido, donde colaboró durante un año en el laboratorio de bioquímica de la Universidad de Cambridge.
En 1937 volvió a Argentina, emprendiendo su investigación sobre la oxidación de los ácidos grasos en el Instituto de Fisiología de Buenos Aires. Fue el impulsor del Instituto de Investigaciones Bioquímicas Campomar, en el que realizó importantes estudios sobre la acción de la lactosa en el cuerpo humano. También se desempeñó en el Departamento de Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires y en la Asociación Argentina para el Progreso de la Ciencia, de la que fue presidente.
En 1943, Leloir se trasladó a Estados Unidos, donde colaboró durante dos años en el campo de la investigación en la Universidad de Washington y en el Columbia University´s College of Physicians and Surgeons. Tras regresar a Buenos Aires, con ayuda financiera privada, creó el Instituto de Investigación Bioquímica. Sus trabajos en diversos campos de esta rama científica le valieron el reconocimiento de la Comisión Nacional de Cultura Argentina (1944) y de la Helen Whytue Fundation de Nueva York (1958), y el premio Benito Juárez de México (1967). A partir de 1962 dirigió el Departamento de Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires.
El trabajo fundamental de Leloir fue el aislamiento de una enzima que fermenta la galactosa y a la que denominó cogalactowaldenasa, por producir en aquélla una inversión de Walden. Dicha coenzima, hoy llamada glucosauridindifosfato, fue sintetizada más tarde por el inglés Alexander Todd, también ganador del premio Nobel. Los descubrimientos de Leloir sobre los componentes de los ácidos nucleicos o nucleótidos, elementos fundamentales en los procesos metabólicos de los hidratos de carbono y los azúcares en particular, le valieron el premio Nobel de Química en 1970. Posteriormente dedicó sus investigaciones a la formación de algunos polisacáridos y descubrió ciertas enzimas hepáticas relacionadas con la síntesis de la glucosa.
Leloir obtuvo otras importantes distinciones, como el premio de la Fundación Bunge y Born, en 1965; el de la Cairdner Foundation de Canadá, en 1966, o el Louisa Gross Horowitz, de Nueva York, en 1966. Desde 1947 hasta 1982 ejerció la docencia en institutos públicos y privados, sin abandonar su cargo como director del Instituto de Investigaciones Bioquímicas. Entre 1962 y 1965 fue jefe del Departamento de química biológica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, y en los años siguientes formó parte del directorio del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Desde 1985 hasta su muerte fue miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires.
Extraído de Biografias y Vidas